Mujeres originarias denuncian torturas, violaciones, prostitución de menores, tráfico de órganos y asesinatos que sufren hoy en día en comunidades de todo el país, en manos del Estado y las fuerzas de seguridad. Claman por ayuda urgente, camino al primer foro nacional contra el genocidio indígena, a fines de mayo.

Por: Valeria Virginia Villanueva

villanueva.valeriavirginia@gmail.com

Si ser mujer en Argentina implica el peligro permanente de convivir con una profunda violencia de género, ser además indígena te convierte en una víctima invisible. Los abusos, secuestros, torturas entre otros vejámenes e incluso asesinatos que sufren niñas, adultas y ancianas en las comunidades de las 36 naciones originarias de todo el país, con la complicidad e incluso culpabilidad directa de autoridades del Estado Nacional, son silenciados por hablar un idioma diferente. Este “genocidio moderno” es la realidad que denuncian desde la Marcha de Mujeres Originarias por el Buen Vivir, y por la que exigen ayuda urgente.

No nos ven ni como mujeres, ni como personas, no llegamos siquiera al imaginario de ciudadanía”, exclamó la mapuche Moira Millán, que por liderar los reclamos es perseguida por el gobierno chubutense en manos del gobernador Das Neves, según señaló. Fue en el debate sobre Mujer Indígena, Resistencia y Represión que un grupo de representantes de la Marcha trajo el lunes 24 de abril a Capital Federal, con la necesidad romper el cerco mediático que las margina.

El horror y la injusticia que afloran en sus relatos remiten a imágenes de la más perversa dictadura militar y hasta de la sangrienta campaña de Roca al desierto, pero están frescas, son actuales, como la última represión feroz del 2 de abril pasado en una comunidad qom de Rosario. Esos relatos serán el eje del 1º Foro de Pueblos Originarios, Genocidio y Argentinización al que invitan para el 26 y 27 de Mayo en la localidad bonaerense de Bahía Blanca, con el fin de visibilizar y luchar contra la nueva “cacería de indígenas”, en defensa de sus cuerpos-territorios y su cultura.

Abuso, secuestro y prostitución de menores

Todos los días, niños, niñas y adolescentes indígenas desaparecen, y si son hallados, es con signos de violencia sexual, o mutilados, sin órganos. El futuro de las comunidades originarias es cercenado cada día con el ataque a los más jóvenes, a quienes ni siquiera permiten ir a la escuela, porque las fuerzas de seguridad los tienen en vilo. Las historias contadas con un nudo en la garganta por las mujeres de la Marcha lo demuestran.

Una nena wichi de 11 años, en el Impenetrable, fue violada por 10 hombres. Su mamá me contaba que hizo una regresión, está como en un estado de autismo, no habla, se hace encima, volvió a ser bebé, y me preguntaba ¿qué hacer frente a eso?”, contó Moira Millán, e ilustró con otro caso: la desaparición de un niño guaraní de seis años, cuyo cadáver fue hallado a los pocos días cocido, sin órganos por dentro, apenas reconocible para su madre, a quien le tocó esa penosa tarea.

No solo el fantasma del tráfico de órganos sino también el de la “apropiación ilegal” reaparece, cada vez que desaparece un niño y luego se enteran que el Estado los entregó en adopción a desconocidos. El otro fantasma, tan real como los demás, es el de la redes de trata.

Las niñas de 15 años son abusadas, ¿de qué otra forma se puede pensar que vengan con sus ropas bajas traídas por policías hombres, a cualquier hora, del cuello y con las manos hacia atrás, como animales? Tenemos registros en Santa Fe, la policía se lleva a nuestros adolescentes ¿para qué? Para prostituirlos”, sostuvo Zulema, referente Moqoit en Rosario, en la misma comunidad donde el pasado 2 de abril la policía irrumpió a los tiros llevándose personas que durante horas fue desesperadamente buscada por sus familiares bajo la lluvia y el frío.

Estamos acostumbrados a los tiros en los barrios. Diariamente a nuestros hijos les sacan la gorrita, el celular, no pueden ir a capacitarse a una institución porque se les cruza la policía, los agrede, los insulta. No tenemos que acostumbrarnos, hay que denunciar”, reconoció una mujer qom, testigo de ese ataque policial que la traumó.

Represión, tortura y cacería de indígenas

Lo que nos pasó el 2 de abril fue muy tremendo, las balas de las policías pasaban arriba de nuestras cabezas. ¿Se imaginan 120 camionetas entrando a la comunidad? Durante un día entero solamente bebía agua, me olvidé que tenía que comer por el asombro de lo que viví”, contó aún a media voz la mujer, en un castellano a veces torpe al que están obligados a aprender como segundo idioma para defenderse de los atropellos.

El relato más doloroso, “en carne viva”, fue el de una mujer mapuche, secuestrada y torturada junto a otra, en Chubut. “Llevábamos un par de horas secuestradas. Me saco los aparatos de la boca y destornillo un ventiluz, ella me hacía pie. Nos llevó una hora y media porque teníamos que emular que estábamos tiradas, nos tirábamos, volvíamos a sacar, nos tirábamos, hasta que logramos sacar un vidrio, silbo muy fuerte y alguien me escucha. Cuando ellos (secuestradores) se dan cuenta, me llevan a una sala, me sacan toda la ropa, me encapuchan, me vuelven a torturar”.

Los golpes ya no nos dolían, lo que nos dolía era la impotencia de no creer, será un sueño, esto lo vi solo en películas, en la noche de los lápices, y era yo la que estaba ahí”, manifestó luchando contra las lágrimas ante el profundo dolor: “Me hablaban en mapudungun. Me daba pena ver a un hermano torturándonos. Se burlaban, nos basureaban. Apagaban la luz mientras veían como carajo organizaban para encausarnos”.

Estas denuncias son “encajonadas” por los jueces y no salen a la luz sino es por el boca a boca. Al mismo tiempo, el armado de causas falsas es otra herramienta de las instituciones estatales para frenar la lucha de los indígenas en defensa de sus territorios y poblaciones, en contra de los negocios multinacionales extractivistas avalados por los gobiernos provinciales y nacionales de turno. “Asesinan a nuestros líderes políticos, simulan accidentes: este sufrimiento lo provoca el Estado”, coincidieron las presentes.

Ni una menos, ni mujer, ni indígena

La policía está hablando con el mismo lenguaje de la campaña del desierto”, advirtió la líder mapuche Moira, tras años de haber recopilado infinidad de experiencias de indígenas de todo el país, en su peregrinaje para realizar la primera Marcha de Mujeres Originarias en 2015, reflejado en su película “Pupila de Mujer, mirada de la tierra”. “Me decían que estoy loca, pero no: hay sicariato en Argentina, gente pagada para asesinarnos, centenares de mujeres violadas y asesinadas”, expresó con la convicción de quien oyó en primera persona los testimonios y vio los dedos cortados de las ancianas como tortura. Y en vez del odio violento, opta por la lucha paciente e inclaudicable.

Es fácil de confundir la rabia con el odio, pero porque los amamos les pedimos que despierten”, clamó Moira interpelando a cada uno que se anime a conocer lo que pasa en este mismo país, victimas del mismo proceso de “Argentinización” que aún hoy somete a los pueblos originarios excluyéndolos de la Nación, pero también a los ciudadanos que conviven con la violencia e impunidad estatal día a día. Y con la solicitud desesperada de difundir esta realidad, cerraron con el grito de “nunca más” y “ni una menos”.

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