El símbolo de las Madres y Abuelas se multiplicó por decenas de miles en Plaza de Mayo en una movilización multitudinaria e histórica en la Argentina. Fue un repudio total a la impunidad de los genocidas y a los cómplices de los crímenes de lesa humanidad y los 30.000 desaparecidos la última dictadura militar.

Por: Valeria Virginia Villanueva
villanueva.valeriavirginia@gmail.com

 

“Escuchame, mamá: decile a papá que me esperen a la salida de Perú, se me está por quedar sin batería el celu, porfa espérenme ahí así nos encontrarnos”, se apresura a decir una joven pasajera del subte línea A justo antes que se le apague el aparato. Ya pasaron las 19:00 del miércoles 10 y por altoparlantes reiteran, por enésima vez desde que la formación partió de San Pedrito aún con demoras, que “la estación Plaza de Mayo se encuentra cerrada”. Sin embargo, otro pasajero que iba ensimismado pregunta a un desconocido si es Perú la que está cerrada, y ante la aclaración, recuerda sin mayor interés: “ah, cierto, hoy está la marcha”.

Una jornada histórica

A juzgar por las miradas, las llamadas y los dedos tecleando con prisa, ese hombre parecía ser de los pocos en ese viaje -y en tantos otros durante esa jornada en las líneas de subte, de trenes y de colectivos colapsados, sospechosamente para muchos- que no rogaban por llegar a tiempo para escuchar a las Madres y Abuelas en una jornada que prometía ser histórica.

La muchacha, como todos los que bajamos en la estación Perú, se perdió de vista en la marea que intentaba salir a la superficie por las escaleras mecánicas que normalmente ascienden en menos de un minuto, pero que ahora estaban apagadas, y se tardó al menos 5 minutos para subir y apreciar que la marea de gente en las calles era inasible a la vista en derredor. Luego de un largo rato de paciencia y equilibrio entre la avalancha humana y empujones inevitables de quienes querían avanzar hacia la Plaza, se pudo ver que la multitud de decenas de miles se extendía por cuadras por Avenida de Mayo y por las diagonales Norte y Sur casi hasta la Avenida 9 de Julio, y que seguía alimentándose con los rezagados.

Era inabarcable para la vista la multitud, así como la diversidad de banderas de agrupaciones políticas, sindicales, estudiantiles, sociales y de Derechos Humanos. Pero mayor aún era la variedad de edades, de clases, de orígenes entre los ciudadanos que fueron por su parte, sin choripán y sin coca, sin exhibir identificación ideológica alguna más que la de su presencia allí contra el olvido, el perdón y la liberación de los genocidas.

Aquella chica, de veintipico de años, seguramente se encontraría en algún momento con su mamá y su papá porque goza del derecho a la identidad, porque zafó de nacer hace 40 años cuando el mismo gobierno y sus cómplices civiles secuestraban embarazadas y robaban bebés con la frecuencia y la perversidad con la que torturaban, fusilaban y tiraban desde avionetas personas al río. Ella, los que empujaban y los que pedían a los gritos que no empujen, los cientos de niños a upa, de la mano o incluso en las panzas de mujeres marchando, los papás y los abuelos, los amigos y las parejas, los militantes y los autoconvocados, los que quedamos enmudecidos por las calles desbordadas, estábamos ahí porque zafamos de ser de los 30.000 desaparecidos, pero también porque sabemos que están en nosotros, que somos parte y responsables de su búsqueda inclaudicable, porque su ausencia es culpa del mismo Estado.

La toma de conciencia

La ausencia de cada una de las víctimas del terrorismo de Estado cala tan dolorosa y profundamente que es el eje de las vidas de quienes la sufren. Es la medida del paso del tiempo sin justicia para un pueblo. Y es la razón para seguir exigiéndola junto a más generaciones que toman conciencia de la importancia de defender los Derechos Humanos por sobre cualquier interés, y de la necesidad de condenar a sus verdugos, enfrentando a los poderes gubernamentales y sus cómplices.

Memoria, Verdad y Justicia era lo que gritaban los bombos, los cánticos, los carteles, los ojos obnubilados y, más que nunca, cientos de pañuelos blancos en apoyo a las enormes Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, ante la convicción de ser protagonistas de una de las mayores movilizaciones de la historia Argentina, y de las más transversales: de las que logran que la Izquierda marche con los peronistas, los radicales y los humanistas. Fue de las marchas que obligan a la historia a avanzar, de las que dejan la certeza en el pueblo que ya es imposible retroceder y repetir errores gravísimos como una dictadura, pese a la intención de algunos. Fue de las manifestaciones populares en las que “en la calle, todos somos iguales, un mar de iguales buscando lo mismo -como dijo conmovida Norita Cortiñas-. Hoy las calles serán nuestras. Y ellos (los genocidas) no las pisan, Nunca Más”.

Los miles de pañuelos levantados conmovieron hasta las lágrimas, pero estos pañuelos no son para recogerlas, sino para reconocerse con alegría entre pares, para portarlos con orgullo por compartir una misma causa, nacida del dolor. Pañuelos que hoy son, más que nunca, símbolo a nivel mundial de la lucha por la vida, la democracia y los Derechos Humanos.

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