Votar en defensa propia. Si en el 2015 la ciudadanía “independiente” sufrió una de las estafas electorales más grandes de nuestra historia, a éstas alturas ya nadie puede caminar distraídamente por la “ancha avenida del medio”, ni pretender practicar una “oposición constructiva”, so pena de incurrir en una traición lisa y llana al campo nacional y popular, ya que, como se evidenció  cruelmente en muy poco tiempo, tales nefastas posiciones no hicieron otra cosa que debilitar ese campo y permitir el ajustado triunfo del neoliberalismo.

Por Francisco Jorge Martínez Pería. Abogado.
fjmartinezperia@gmail.com       

Ajustado triunfo que, sin embargo, se convirtió rápidamente en un torbellino de medidas anti populares que amenaza  arrasar, no sólo con los derechos conquistados en los últimos años, sino con otros de mucho más prosapia y antigüedad. Y eso, mientras se nos endeuda a un ritmo superior al de cualquier gobierno anterior,  se nos somete nuevamente al poder financiero internacional y se compromete gravemente el bienestar y la autonomía de las futuras generaciones.

Si en las últimas elecciones muchos de los que luego fueron brutalmente atropellados por ese torbellino neoliberal, cínicamente anunciado como la “Revolución de la Alegría”, optaron ingenuamente por escuchar el canto de las sirenas que les prometía mantener esas conquistas y mejorar los supuestos errores cometidos por los gobiernos “populistas”, ya no tienen excusa alguna para volver equivocarse y reincidir en un voto notoriamente contrario a sus propios intereses y que sólo sirvió para entronizar a la misma élite anti nacional y anti popular que había gobernado este país la mayor parte de nuestra historia, con excepción de esos vilipendiados períodos “populistas”,  pero nunca lo había hecho con los votos de sus propias víctimas y burlándose tan descaradamente de ellas.

Es hora, entonces, de votar en defensa propia y contra una política que no sólo nada tiene de nueva, ni de alegre, ni de republicana, sino que, por el contrario, es exactamente la misma que nos hundió en las peores crisis de nuestra historia y que viene haciendo estragos desde aquellos lejanos tiempos. Es hora de despertar del letargo suicida al que nos llevaron las campañas mediáticas de la derecha más cínica y recalcitrante, que nos siguen distrayendo de lo esencial _que no es otra cosa que debatir profunda y seriamente los resultados de las dos únicas políticas que se han aplicado desde siempre en nuestro país, la neocolonial y la nacional y popular_ para entretenernos con los estúpidos chismes de la farándula y con el patético espectáculo de las  vergonzosas operaciones mediáticas y judiciales con la que, una vez más, se persigue a aquellos gobernantes y políticos que se atrevieron a enfrentar el poder real en beneficio del pueblo y de los verdaderos intereses nacionales, mientras esos mismos perseguidores mediáticos y judiciales guardan el más estruendoso silencio sobre las negocios que la élite gobernante hace diariamente, en su propio y exclusivo beneficio, a la vista y paciencia de todos ellos.

Parece mentira que haya que proponer el voto en defensa propia cuando se supone que está en la misma naturaleza del acto eleccionario que cada uno vote en armonía con sus propios intereses y no en contra de ellos, pero, lamentablemente, experiencias pasadas como la reciente y la de  años antes, cuando se ratificó en las urnas una política que si bien tenía el mérito de haber frenado la hiperinflación, estaba paralelamente rematando el patrimonio nacional y llevándonos a un atolladero sin salida, nos enseñan que el poder mediático es perfectamente capaz de inducir a engaños de enormes proporciones y que las mayorías populares también pueden caer en ellos.

Francamente no creo que vuelva a suceder porque la magnitud del daño provocado en tan poco tiempo es demasiado grande para ser ignorada, pero no debería ser necesario acercarse a  los límites consensuales de nuestra sociedad, como sucedió recientemente con el fallo de la Corte,  para que la reacción popular supere al torbellino neoliberal.

Se trata, simplemente, de votar en nuestra propia y legítima defensa.

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