#Higuilibre: la libertad no se mancha y se defiende en las calles

#Higuilibre: la libertad no se mancha y se defiende en las calles

Tras casi ocho meses de prisión preventiva, Eva de Jesús celebró su excarcelación agradeciendo a las mujeres que sostuvieron su lucha. El mérito de las organizaciones feministas, sociales y de derechos humanos que difundieron el reclamo y ahora van por su absolución. La carta de Higui, “el grito sagrado”.

Por Valeria Virginia Villanueva
villanueva.valeriavirginia@gmail.com

La voz de Higui al fin se hizo escuchar. Al fin fuera de las rejas que la aislaron durante casi ocho meses de angustia, desde que la intentaron violar entre diez por ser lesbiana y se defendió causándole una herida fatal a uno de los agresores, lo que fue -a juzgar por la policía y el sistema judicial- suficiente razón para encerrarla sin siquiera atención médica después de la golpiza y ocultando pruebas. La voz de Higui se hizo escuchar al fin con palabras gritadas de emoción, dirigidas a quienes fueron su pilar cada minuto de espera del grito anhelado: “¡SOY LIBRE, CHICAS!”, en un audio de Whatsapp que circuló de inmediato y llegó a los oídos de quienes lucharon por ese grito.

Es que fueron miles de chicas en todo el país, e incluso en otros países, que se sintieron identificadas como mujeres, como lesbianas, como pobres, como víctimas de un sistema que siempre las señala como culpables de los ataques constantes que sufren. El movimiento feminista y el LGTBI, en sus diferentes agrupaciones, junto a organizaciones sociales, barriales y de Derechos Humanos, fueron los encargados de llevar la voz silenciada de Higui a cada rincón para que todos supieran de la injusticia. Se convirtió en bandera de lucha así el caso de Higui –extremo por reunir todas las condiciones disidentes, por ser “mujer, torta, pobre y del conurbano”.

Salir a la calle sirve

 

Gracias a la difusión masiva que lograron darle, con marchas, pintadas, partidos de fútbol femenino en los barrios –en varios de La Matanza incluidos, la Justicia revió su fallo, y la jueza Patricia Cecilia Toscano del Juzgado de San Martín le concedió el lunes la excarcelación extraordinaria. Gracias a la organización y la visilbilización en la calles, consiguieron que Eva Analía De Jesús podrá aguardar en su hogar, junto a sus seres queridos, el juicio por la causa que la tiene procesada por homicidio simple de Cristian Espósito. Así lo reafirmaron miles, en las redes sociales que explotaron apenas conocida la esperada noticia: “salir a la calle, sirve”.

La calle como espacio público, de encuentro del pueblo, de expresión de los reclamos y de unión con otros. La calle, donde no sólo se juegan los picaditos y se juntan los pibes, sino donde también donde se construye democracia a través de la voz de los ciudadanos. Lo que ganaron las feministas y las organizaciones es la calle, para contar su propia historia, caminar y avanzar hacia una sociedad más igualitaria.

Ese es “El grito sagrado”, el de libertad y el de igualdad de oportunidades, como justamente tituló la revista La Garganta Poderosa la carta que Higui escribió apenas horas después de salir de la cárcel, y que se reproduce a continuación:

“Al fin, nos encontramos, para decirles gracias y para decirles perdón, porque quisiera explayarme mucho más, pero necesito estar con mi familia y, estoy segura, ustedes comprenderán. Tal como pueden imaginar, no fueron fáciles los últimos meses de mi vida. Y por eso, lo primero que hice anoche al dejar el penal fue arrodillarme, para gritar desde bien abajo:

Soy libre, ¡soy libre, carajo!

Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro. Y sí, me emocionaron las hermosas noticias de picados y movilizaciones organizados para dar a conocer mi situación. Cómo no, si yo misma había pedido que jugaran a la pelota en las plazas, en los parques, porque el fútbol es mi bandera y soñaba con algún día hacerme escuchar, a los pelotazos. Confiaba en toda esa solidaridad y, por supuesto, en mi abogada, que me dejaba entrever rayos de luz. Fue mucho tiempo, demasiado.
Y hoy digo gracias, por haber amanecido del otro lado.

Desde que tengo uso de razón, me la paso pateando una pelota, porque me hace sentir que vuelo. Y por eso fue un gran alivio cuando me trasladaron al penal a principios de mes, desde el Destacamento Femenino de Villa Maipú, donde sufrí medio año de constantes pesadillas, pero no por el maltrato, sino por el encierro. En cambio, allá, en Magdalena, compartí la celda con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar, cuando sentí de nuevo a la redonda: recién ahí me empecé a reanimar, mientras intentaba arengar a todas las demás para que jugaran conmigo… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos.

Me permitieron sobrevivir. Y nunca bajar los brazos

Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¿Por qué tantos meses en cana?

Sí, por supuesto, ¡por pobre y por lesbiana!

Ayer cuando me informaron que finalmente saldría en libertad, me puse muy nerviosa. Apenas pude tomar un vaso de leche y comer una empanada, porque sabía que dentro de poco soltaría este grito que contuve durante tanto tiempo, adentro de mi corazón. ¿Y adivinen qué? Ahora tengo más fuerza que antes, más ganas de jugar a la pelota, más voluntad para volver a estudiar y más alegría para seguir laburando, siempre con dignidad y dejando todo en la cancha…

Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha!

 

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