Cuando la Rosarito se le entregó al Chano en la cementera sin saber que la Rosa la venía siguiendo, ardió Troya y también Sodoma y Gomorra juntas. Rosa atacó como una leona del Serengueti. Rosarito, semidesnuda, saltó el cerco de ramas sin tocarlo salvándose por un pelito de que no le reventara la cabeza con un palo y cual cabra desgaritada desapareció en el monte mientras intentaba a la carrera ponerse sin éxito la bombacha. La Rosa salió en su persecución pero el Chano, macho, siempre macho, la cacheteó y la tiró al suelo hasta que se tranquilizó.Microficción

Por: Marcelo Sosa (*)

Microficción
Microficción

Aquella tarde llevaron a Rosa al hospital para que le lavaran el estómago, porque sintiéndose más despechada que Medea de la Cólquida y en su afán de dejar este mundo como digna mujer latina de sangre caliente, se liquidó una bolsa de veneno para ratas como si se tratara de maní con chocolate.

Desde aquel momento, cada pelea grande terminaba con ella en el hospital porque siempre elegía desahogar sus penas ingiriendo sustancias tóxicas, de allí que la gente del pueblo la bautizara con el apodo malicioso de la Rosa Veneno.

(*) El autor: Juan Marcelo Sosa (Chamical, La Rioja, 1976). Es profesor de Castellano, Literatura e Historia. Ha logrado premios y menciones de honor tales como el 1º Premio en cuento corto, Feria del Libro La Rioja 2005. También publicó varios de sus cuentos en diarios y revistas especializadas. Es autor de Cuentos Azules y de la obra de teatro Hierba mala nunca muere.

Microficción seleccionada por Luciano Doti (Lomas del Mirador). Twitter: @Luciano_Doti

Anuncios