La única verdad

La única verdad. El PRO se presentó en sociedad como un nuevo modelo político, moderno,  progresista y completamente alejado de las lacras políticas tradicionales. Eso no le impidió aliarse más tarde con un partido centenario, que más allá de sus orígenes democráticos, proveyó  reiteradamente  numerosos funcionarios civiles a todos los gobiernos militares que tomaron ilegalmente el poder en el siglo XX y que protagonizó los más estruendosos fracasos gubernamentales desde el advenimiento de la democracia, lo que no obsta a que sus consecuentes correligionarios sigan impartiendo clases de moral y de eficiencia en la gestión pública.

Francisco J.Martínez Pería. Abogado.

fjmartinezperia@gmail.com 

Ya transformados en la Alianza “Cambiemos”, ganaron ilegítimamente las últimas elecciones presidenciales por un mínimo margen, mintiendo descaradamente al electorado sobre sus futuros planes de gobierno y pretendiendo erigirse en los guardianes de la República, mientras acrecentaban sus fortunas en remotos e incontrolados paraísos fiscales y pretendían  nombrar jueces de la Corte Suprema por decreto. Eso sí, sus denunciadoras seriales cesaron abruptamente en su tozuda fiscalización republicana para persistir únicamente en la delirante e inconstitucional persecución de los políticos populistas, cuya osadía pretenden escarmentar  de una vez y para siempre, pero guardándose muy bien de hablar de conflictos de intereses, de auto condonación de deudas presidenciales y de tantisimas otras yerbas por el estilo.

Una vez en el poder, no solo no cumplieron ninguna de sus promesas electorales, excepto las hechas a sus poderosos aliados corporativos, sino que  demostraron rápidamente su verdadero naturaleza, que no es otra que una de las expresiones más retrogradas, conservadoras y recalcitrantes de la derecha argentina, mientras se dedicaban con genuino fervor a perseguir, pisotear, humillar y reprimir a toda expresión popular que les  enrostrara su repudio, descontento y decepción, llegando al extremo de denunciar una supuesta conspiración de pueblos originarios que pretenderían erigir un estado autónomo en la Patagonia, mientras se tolera que poderosísimos empresarios y terratenientes extranjeros, muy cercanos al favor presidencial, se valgan de éste para  hacer eso mismo sin el menor escándalo ni sanción alguna.

Ya resulta redundante repetir aquí la frondosa  lista de cómplices que so pretexto de ejercer la autocritica, o  de ser una oposición responsable o en aras de la libertad de expresión a costa del derecho a la información, consiguieron extraviar la ajustada mayoría que aquí  los votó una vez y que en la región permitió que se desencadenara el vendaval revanchista que amenaza con arrasar con las más elementales conquistas sociales.

Forzoso es reconocer que ésta fue  la primera vez que los poderosos consiguieron que una mayoría popular votara en contra de sus propios intereses y legitimara políticamente su desmesurado poder económico.

 

Será suficiente la realidad vivida en estos meses aciagos o la marketinera posverdad duranbarbista, adornada con  alegres globos revolucionarios y con una descarada ristra de mentiras volverá a imponerse para regresarnos a nuestra cómoda condición colonial con vista a Miami, mientras seguimos pagando las tarifas y los precios más caros del mundo?

Porque pertenecer, aunque no se sepa a qué, ni por cuanto tiempo, tiene sus beneficios, pero también tiene sus costos y esos sí que son verdaderamente reales, sobre todo cuando los alicaídos salarios conseguidos con el último y garrafal error electoral no alcanzan ni para empezar a pagarlos, como muy bien lo habían profetizado reconocidos economistas neoliberales.

 

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